Publicada el 2 de noviembre de 2017 | Comments

La culpa no es del VAR sino del que le da de comer

Ya pasaron largas horas del partido más relevante del semestre, pero todavía cuesta asimilar todo lo que sucedió y el sentimiento cruzado que tenemos los hinchas hoy. ¿La eliminación fue producto de errores arbitrales o de fallos propios?   

Es difícil poder teclear sin bronca y nostalgia. Lo que vivimos el martes en la noche fue algo inédito. Es difícil, también, encontrar algo que nos resulte nuevo en este deporte del que somos enfermos desde chiquitos. Que la jugada se frene, se vea en una pantalla por otros “jueces” que no están en el campo de juego es, cuanto menos, raro. No por el hecho de la implementación de la tecnología en el fútbol. Lo llamativo resulta el momento y el lugar en que decidieron usarla. Es algo ilógico y poco coherente que se introduzca una nuevo método de revisión de jugadas en una competencia ya empezada y en instancias tan decisivas. 

No es un dato menor que este sistema no se aplica en la Champions League, en la Premier League ni en la Liga de España, por nombrar algunos de los torneos modelos en el mundo ¿Acaso somos un ‘conejillo de indias’ como señaló Gallardo? Hay que separar los tantos: el VAR en sí es una buena idea, pero que hasta el momento no está bien ejecutada. No es lo mismo equivocarse de la forma tradicional. Es decir, que el juez principal no sancione una jugada -pese a que lo que pasó fue muy evidente-. Pero que seis muchachos más tengan la potestad de poder revisar la jugada y no lo hagan, aunque tengan las herramientas a disposición, es algo notablemente llamativo.

Pero lo más extraño de todo es que esta nueva implementación se usó en favor de un solo equipo y en ese caso sí fue bien aplicado. ¿Por qué no se hizo efectiva la revisión en el primer tiempo? ¿Acaso Wilmar Roldán especuló con el resultado y la ventaja que tenía el Millonario hasta ése entonces? Esperemos, por el bien de este deporte, que esta segunda opción haya sido la correcta y que no se oculte nada oscuro por detrás. Luego están las posibles sanciones que no fueron propias como las agresiones verbales de Acosta o la terrible trompada de Román Martínez a Ariel Rojas. La tecnología no tiene la culpa de la paupérrima actuación de los asistentes que no cumplieron con su función de ayudar desde su posición. Pero tampoco fue usada para lo que se gastó casi un millón de dólares: darle un respaldo al árbitro para corregir decisiones e interpretaciones incorrectas. 

Ahora bien, esto fue sólo una parte de la película: River y Gallardo saben muy bien cada uno de los horrores que cometió el equipo en el segundo tiempo y como se dejó arrasar por un Lanús motivado y furioso. Para empezar, la primera cuestión fue lo poco inteligente que estuvo planteado de por sí: no había necesidad de jugar al palo y palo. La ventaja era nuestra y no saber defenderla fue el mayor pecado de todos. Cada avance del Granate era medio gol, los dos centrales que en la ida habían sido figuras, en la vuelta demostraron un nivel amateur. Los laterales pagaron caro sus deficiencias: Montiel tiró por la borda todo lo bueno que venía mostrando. Casco nos ilusionó con un buen pase a Nacho Fernández en la jugada del penal, pero luego fue el mismo de siempre. Luego de la lesión de Enzo Pérez, el medio se terminó de derrumbar y su reemplazo no estuvo a la altura. Ni hablar del Pity Martínez o el propio mediocampista ex Gimnasia, que pasaron totalmente inadvertidos durante todo el encuentro. 

Como segundo foco de análisis, más allá de los errores tácticos e individuales, lo que llama notablemente la atención es la actitud que demostró River en esa segunda etapa fatídica. El carácter, que antes era una virtud y una fortaleza, fue quizás lo que más faltó. Muchos jugadores se veían atormentados y notablemente superados por la jerarquía y el empuje del elenco de Almirón. Sobre todo en el segundo tiempo. Dudaron en despejar varias pelotas que quedaban muertas cerca del área. Titubearon. Y el local aprovechó con total efectividad. No hubo grandes diferencias entre los dos equipos, pero hoy está en la final el que mejor lo supo jugar. Y principalmente, el que fue mucho más inteligente.

Las horas transcurridas desde el pitazo final del juez colombiano (que esperamos no dirija nunca más en su vida) permiten pensar en frío y llegar a la conclusión de que no toda la culpa la tiene el VAR. Todos apenas terminó el partido nos sentimos estafados. Pero la culpa no lo tiene el aparato, el sistema, la tiene quién lo usa. Y quienes determinaron que fuera la humildad del árbitro la que decidiera si el método se utiliza o no. Porque claro, un juez con la capacidad suficiente de admitir que podría estar equivocado, hubiera pedido revisión de cada jugada en la que tuviese dudas. Roldán no lo hizo. Mientras que la “justicia” esté en manos de este tipo de personas, el problema y la sospecha va a seguir existiendo. Tampoco podemos caerle sólo a una parte del problema, porque River ayudó y mucho para que hoy no estemos en una nueva final de Copa Libertadores.

 

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Autor

Estuadiante de Licenciatura en Comunicación. Twitter: @EzeCarrizo25 Facebook: Ezequiel Carrizo.



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