Publicada el 6 de marzo de 2017 | Comments

Norberto Alonso

El Beto nació el 4 de enero de 1953 en Vicente López, pero su infancia y su adolescencia transcurrieron en el barrio de Los Polvorines, donde pisó los primeros potreros con cancha de tierra y donde desde muy temprana edad comenzó a llamar la atención de propios y extraños por sus incipientes condiciones futbolísticas.

Sus primeros golpes a la pelota fueron con la pierna derecha, pero el tiempo le fue otorgando una zurda de antología que patentó como un sello distintivo a lo largo de su carrera. Pero no sólo el tiempo tuvo su cuota de responsabilidad en el cambio de pierna hábil: su padre fue el otro ‘culpable’ de que Betito empezara a dominar la redonda con la izquierda. “Mi viejo me ataba la pierna derecha al tendedero de mi mamá y me obligaba a usar la zurda, porque decía que los zurdos eran más vistosos que los diestros”, cuenta emocionado y con lágrimas en los ojos.

A los 9 años, entre colegio, potrero y frustraciones de hincha por ver a River sin salir campeón, el destino golpeó la puerta de su sueño. En un picado más en el potrero de a la vuelta de su casa de toda la vida, Carlos Palomino, encargado de las divisiones inferiores del Millonario, quedó maravillado con el flaquito zurdito que desparramaba chicos con una facilidad asombrosa. Tan grande fue la sorpresa del cazatalentos que no le creyó al Señor Alonso la edad de su hijo hasta que éste le mostró el documento, que efectivamente acusaba 9 veranos. Los invitó a que vayan a las canchas auxiliares del Monumental para una prueba… Y la continuación es casi obvia: el chico fue, quedó en la prueba y no se separó jamás del club más grande que conoció en su vida, según sus propias palabras.

Los años fueron pasando y las categorías inferiores comenzaron a quedarle chicas. El ”Maestro” Didí, entrenador de River en 1970, fue quien se atrevió a sacarlo de las formativas y darle la posibilidad de entrenar con el plantel superior. Con sólo dos prácticas de fútbol encima, el director técnico brasilero lo convocó para viajar a Chaco para jugar un amistoso con un equipo de aquella provincia.

Recién el 8 de agosto de 1971 llegaría su debut oficial con la Banda Roja en un partido ante Atlanta, en Villa Crespo, donde el Millonario cayó derrotado por 2 a 1. “Me acuerdo que Pecoraro, el 4 de Atlanta, me cagó a patadas todo el partido”, rememora entre risas. “Fue uno de los días más importantes de mi vida”, sentencia como para que no queden dudas de lo que siente por River.

Al año siguiente comenzaron a llegar la continuidad y los gritos, ya que convirtió 12 goles en el Torneo Metropolitano y otros 9 en el Torneo Nacional. Fue en éste último en el que anotó uno de los goles más legendarios de la historia del fútbol argentino, bautizado como “el gol que no pudo hacer Pelé”. La víctima fue Pepé Santoro, arquero de Independiente, quien salió a achicar cuando Alonso se iba solo mano a mano contra él. Pero el golero del Rojo jamás imaginó que el zurdito de River podía llegar a hacer lo que hizo: Alonso lo encaró, tiró la pelota por el lado izquierdo de Santoro, él pasó por el lado derecho, y definió ante el arco desguarnecido. Fue goleada 7-2 del Millonario sobre los de Avellaneda, pero el resultado es casi anecdótico al lado de la obra de arte que realizó el joven Beto. Esa anotación le valió el apodo de ”El Pelé blanco”.

En el ’73, con convocatoria a la Selección Nacional y un serio problema de glucemia en la sangre de por medio, Alonso comenzó a afianzarse como un jugador irreemplazable para el esquema de un River que ya llevaba 16 años sin poder gritar campeón.

Un antes y un después en su vida futbolística (y personal) se dio en 1975, cuando Ángel Labruna, el máximo ídolo de la institución, asumió la dirección técnica del Millonario con un objetivo claro y concreto: dar la vuelta olímpica.

El equipo de Labruna contaba con nombres de la talla de Ubaldo Fillol, Daniel Passarella, Roberto Perfumo, Reinaldo Merlo, Juan José López, Pedro González y Oscar Más, entre otros tantos. Gracias al buen plantel y a la mano de Angelito, el equipo se posicionó de entrada como uno de los candidatos al título. Alonso, por su parte, alternó buenas y malas. Las buenas estuvieron relacionadas al buen nivel que mantenía por aquel entonces, y las malas tuvieron que ver con sanciones disciplinarias: en el duelo contra Independiente, el Beto vio la roja e insultó al juez de línea. El castigo de la AFA fue severo: seis fechas afuera.

Reapareció en un inolvidable partido ante San Lorenzo en el Monumental, donde convirtió dos goles para que River le gane al Ciclón y aproveche la derrota de Boca ese fin de semana. A partir de ahí, el camino al título se allanó y el Millonario, de la mano de Angelito y el Beto, su niño mimado y su más grande debilidad, se consagraron campeones del Metropolitano jugando con juveniles, debido a una huelga de los jugadores profesionales por falta de pago. Además, ese mismo año, los dirigidos por Labruna ganarían el Torneo Nacional.

Sus grandes actuaciones desembocaron en su transferencia al Olympique de Marsella al año siguiente. En el club francés, pese a haber conseguido la Copa de la Liga, no se sintió cómodo y jamás terminó de adaptarse. El descontento por un bajo contrato y el deseo de querer ser visto por Menotti para jugar el Mundial de 1978, fueron las excusas ideales para retornar un año después al club de sus amores, que durante su ausencia había gritado nuevamente campeón en el Metropolitano de 1977.

El regreso fue extraordinario. Durante el primer semestre desde su vuelta, el Beto convirtió 14 goles en 12 partidos, lo que le aseguró un lugar entre los convocados al Mundial de 1978, dejando sin campeonato del Mundo a un tal Diego Armando Maradona. Jugó 3 partidos en ese torneo, hasta que una lesión en su rodilla lo relegó del primer equipo. Así y todo, el zurdito de Los Polvorines pudo coronarse campeón del Mundo con la Selección Nacional.

Los años que siguieron fueron igual o mejores de buenos. Bajo la conducción de su padre futbolístico, Ángel Labruna, siguió mostrando un magnífico nivel y dando vueltas olímpicas: el equipo del ‘Feo’ se alzó con un triplete histórico al ganar el Metropolitano 1979, el Torneo Nacional de ese mismo año y el Metropolitano del ’80.

El año 1981 dio un giro total en la vida futbolística de Alonso. Tras la traición del presidente Aragón Cabrera a Labruna, en la que decidió removerlo del cargo de entrenador, el 10 de River comenzó una tensa relación con la cúpula dirigencial y con el flamante entrenador, ni más ni menos que Alfredo Di Stéfano. La antipatía entre ambos era imposible de disimular y estalló el día previo a la final del campeonato, cuando el técnico decidió no ponerlo en cancha de Ferro el día en que el Más Grande se consagró nuevamente campeón.

Tras la obtención del Nacional, el Beto se fue de River debido a las serias diferencias con Di Stéfano y recaló en Vélez, dónde jugó 2 años. Por esas vueltas de la vida, el zurdo se enfrentó al club de sus amores en el Monumental y le convirtió un gol que se convirtió en un mito futbolero al ser recordado como ‘el primer gol no gritado en la historia del fútbol argentino’.

Los malos resultados de Di Stéfano terminaron sentenciándolo y fue removido de su cargo de entrenador a fines de 1982. Fue reemplazado sin éxito por un par de entrenadores, entre los que se destacan los nombres de José Varacka y Luis Cubilla. A comienzos de 1984, con la llegada de Hugo Santilli a la presidencia de River, Héctor Veira fue elegido como nuevo director técnico del Millonario y su primer pedido fue concreto: Norberto Osvaldo Alonso.

Con el Bambino en el banco y acompañado de un gran equipo, el Beto volvió para desplegar ese fútbol tan perfecto que lo caracterizó a lo largo de su trayectoria. Y si bien en Vélez jugó muy bien, él sabe bien que no hay nada como jugar en el patio de tu casa. “El Monumental es lo más grande que hay. Para mí es como el Vaticano, con todo respeto”.

Compartió cancha con un jovencito Enzo Francéscoli y rápidamente se entendió a la perfección con Claudio Morresi, Ramón Centurión y Juan Gilberto Funes.

Uno de los mejores momentos de su tercer ciclo fue, sin dudas, la inolvidable tarde del 6 de abril de 1986. Aquel día, River le ganó a Boca con dos goles suyos y le dio la vuelta olímpica en la cara a su clásico rival. Pero pese a la importancia de la victoria y la frutilla del postre del festejo en territorio enemigo, lo que será recordado por siempre será la pelota naranja con la que el Beto le convirtió el primer gol a los primos. “Gatti había pedido que se juegue con una pelota que se viera entre los papelitos que tiraba la gente a la cancha y entonces le acercaron esa de color naranja. Igual ni la vio…”, recuerda en tono jocoso.

Se coronó en el Campeonato local de 1985/86 y tocó el cielo con las manos al alzar la Copa Libertadores y la Copa Intercontinental en Japón, en las que fue clave con su ‘viveza’ (el gol de Alzamendi en Tokio es el mejor ejemplo) y sus goles (en la ida de la Libertadores, ante América de Cali).

Tras el partido ante el Steagua de Bucarest, en el cual se consagró Campeón del Mundo con el club de sus amores, el genial zurdo decidió colgar los botines. “Fue el día más feliz de mi vida, pero a la vez fue el partido más triste. Yo no sé qué se siente morirse, pero juro que por dentro mio corrió tanto frío como si me hubiera muerto”, relata. Y confiesa: “Podría haber seguido jugando dos o tres años más, pero quería que los hinchas de River tuvieran a su ídolo allá arriba, en la gloria”.

Ahí va el capitán Beto, por el espacio… Gambeteando, desparramando rivales y llenando de fútbol a los ojos que lo ven…

 

 

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Autor

De River, como Angelito y todo ser humano de bien. Periodismo en la UNLP. Uno de los que vio nacer esta hermosa locura llamada El País Menos Algunos.



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